El relato del paralítico de Betesda (Juan 5:1-47) es un poderoso testimonio de la misericordia y poder sanador de Jesús. Este hombre había estado enfermo durante treinta y ocho años, una cifra que simboliza un tiempo prolongado de sufrimiento y desesperanza. La escena se desarrolla en un estanque donde muchos enfermos esperaban la oportunidad de ser sanados, lo que refleja la condición humana de anhelo y búsqueda de redención.
La pregunta de Jesús: “¿Quieres quedar sano?” (Juan 5:6) es fundamental. No solo busca una respuesta sobre el deseo de sanación física, sino que invita a una reflexión profunda sobre la voluntad de cada uno de nosotros de abandonar el sufrimiento y aceptar la transformación que Él ofrece. A menudo, nos aferramos a nuestras limitaciones y dolencias, temerosos de lo que significa el cambio.
La respuesta del paralítico, que menciona su incapacidad para entrar en el estanque, resalta la soledad y la falta de apoyo que experimenta. Sin embargo, Jesús no espera que el hombre actúe por sí mismo; en cambio, le ordena: “Levántate, recoge tu camilla y anda” (Juan 5:8). Esta instrucción no solo es un mandato físico, sino también un llamado a la fe y a la acción. La sanación ocurre al instante, mostrando que el poder de Jesús trasciende cualquier limitación humana.
La reacción de los judíos al ver al hombre cargando su camilla en sábado (Juan 5:10) pone de manifiesto el conflicto entre la tradición religiosa y el nuevo orden que Jesús establece. Él responde que su Padre está trabajando, y por lo tanto, Él también trabaja (Juan 5:17). Este acto de sanación en sábado no es solo un desafío a la ley, sino una declaración de que la misericordia y la vida son más importantes que las reglas humanas.
En el contexto más amplio del pasaje, Jesús afirma su autoridad divina, indicando que el Padre le ha delegado el juicio y la vida (Juan 5:22-24). Aquí, se revela la íntima relación entre el Padre y el Hijo, donde el Hijo actúa en perfecta unidad con la voluntad del Padre. Este mensaje es un recordatorio de que la salvación y la vida eterna se encuentran en la fe en Cristo, quien tiene el poder de transformar nuestras vidas.
En conclusión, el relato del paralítico de Betesda nos invita a reflexionar sobre nuestras propias limitaciones y la disposición a abrirnos a la acción transformadora de Jesús. Nos desafía a reconocer que, aunque podamos sentirnos solos o incapaces, la misericordia de Dios está siempre presente, lista para sanarnos y guiarnos hacia una vida plena en Él.